Recordé la camaradería, un viernes por la noche, en el fondo del pasillo, con dos mesas, cinco sillas, diez caguamas, y cinco banderitas.
Cinco amigos que nunca salen pero siempre están, que brindan por el tiempo de conocerse, por que aunque estemos dispersos entre generaciones sigamos juntos, por la aventura que queda por delante.
Cinco personas que comparten dudas e inquietudes, que ríen y gritan, que de vez en cuando bajan la voz por paranoia, que hablan de viejas y de la escuela evidenciando que no hay otra cosa en su vida.
Recordé que tengo buenos amigos, es cuestión de juntarlos en una cantina.
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